MIS LECTURAS ATRASADAS. Los libros caídos (3)

Si eres un lector regular (de regularidad, de leer de manera más o menos constante), compartirás conmigo la expresión de “libro caído”. Correspondería aplicarla a ese libro que cogemos en nuestras manos, que a priori nos da buenas vibraciones, incluso puede que hayamos oído o leído buenas críticas acerca de él y de su autor, que hasta haya llegado a conquistar un premio, o lo máximo (al menos para mí) que haya quedado finalista del mismo. (Desconozco los motivos por los que siempre me atrajo más el finalista que el finalmente premiado).

El caso es que coges el libro como siempre lo has hecho. Primero echas un vistazo a la portada. Es atractiva. Lees la sinopsis de la contraportada. Grandes críticas de reconocidos críticos, de esos que son capaces de vivir de hacer crítica literaria, lo cual sin duda es de un mérito enorme. Abres el libro. Miras el índice (si lo tiene), el número total de hojas (por la impaciencia de acabar y empezar el siguiente), lo hueles (ahí, queridos amigos, es donde el libro electrónico tiene el terreno perdido, excepto que algún tecnólogo vivillo -y hasta vividor- de esos de Sillicon Valley, o de cualquier otro parque tecnológico de altura, invente y comercialice un libro electrónico dotado de olores, que varíen en función del libro), y compruebas el ISBN (esta ya es una manía muy particular; incluso desconozco, pese a mis años, para qué puñetas sirve, si es que sirve para algo, pero creo que no esta nada mal permitirnos algunas manías, máxime si son del calado de esta de leer el ISBN, que no atenta, al menos hasta la fecha y que se sepa, la salud de nadie). Llegado a este punto, el análisis ha terminado.

El momento de comenzar a leer ha llegado. Y comienza. Pasas las primeras páginas, y comienzas a notar que algo no va bien. Pareciera que las líneas están torcidas, como cuesta arriba, empinadas…aún así, sigues avanzando. El libro empieza a pesar entre tus manos. Cambias de postura primero. Después vas con el enfoque de la luz. Te das cuenta de que no era eso. Por fin, adviertes que estás siendo atacado por el síndrome del “libro caído”.

Jamás, viendo lo que cuesta escribir, diré que un libro es malo, lo cual no me impedirá realzar aquellos que considero buenos. Por eso me inventé el síndrome antes mencionado. Por si de algo os vale, aquí os dejo una relación de los libros que a mí se me han ido cayendo en los últimos meses:

1- “El Cisne Negro”, de Nassim Nicholas Taleb. Me rindo en la página 93, de un total de 446.

2- “El Corazón Tardío”, de Antonio Gala. Es una serie de veintiocho cuentos, con una dinámica y una lógica que no he logrado llegar a entender. Me quedo en el cuento número seis. Manifiesto mi voluntad de, en algún momento futuro, volver sobre el libro, por ver si pudiera sacarlo de este epígrafe.

3-“No habrá ni penas ni olvido”, de Osvaldo Soriano. Alcanzo la página 50. Lo siento por el autor, al que aprecio, pero su novela es un asunto tan puntual y localista, que al menos a mí no me llega para seguir el relato con el debido interés.

4-“El Otoño Alemán”, de Eugenia Rico. Esta obra fue el XXXVIII Premio Ateneo de Sevilla, un ya lejano 2006. Si bien algunos de sus pasajes resultan interesantes, el conjunto me resulta pesado y aburrido. Lo dejo en la página 187.

5- “El Paraíso de las Mujeres”, de Vicente Blasco Ibáñez. Lo dejo en el Capítulo 6. Aburrido, sin más.

Me van a permitir que me retire sin más explicaciones. He podido comprobar que, muchas veces, lo apropiado o inapropiado de un libro, no está, ni es, la obra en él contenida, sino el momento y la situación del lector; de este modo, una lectura que hoy nos parece un auténtico suplicio, pasado un tiempo, puede parecernos deliciosa, en algunas ocasiones hasta entrañable.

Así pues, queridos amigos, paciencia. Y perspectiva. Y lejanía con los juicios categóricos, que una obra literaria, como todo en la vida, también merece más de una oportunidad.

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