LIBRERÍAS Y LIBREROS

Dicen los que dicen saber de esto, que el papel es un soporte que está en franco retroceso. Posiblemente sea cierto. A poco que te fijes en el metro o en el autobús, cada vez son más aquellos que van absortos con su ingenio electrónico, y menos los que sujetan sobre sus manos, o entre sus dedos, un libro de papel, o un periódico.

A la misma velocidad, desaparecen los puntos de venta del soporte papel. Cada día quedan menos quioscos de prensa y revistas, al igual que son cada día menos las librerías que ocupan los locales comerciales de nuestras ciudades.

Más allá del propio soporte, creo que debemos preguntarnos si la pérdida de profesionalidad de los vendedores de libros no está contribuyendo de manera decisiva, más decisiva que el propio soporte, a la muerte del mismo.

No hace tantos años, eran muchas las librerías en las que el librero entendía de libros, le podías preguntar sobre novedades, editoriales, ediciones, autores, materias…hoy en día, por desgracia, lo que te encuentras, salva sea la excepción, son vendedores, a los que lo mismo da vender un libro que un paraguas que una tienda de campaña.

De nada les suena un tal Quevedo, ni un Juan de la Cruz, el Siglo de Oro les suena a un grupo musical, y confunden los premios nobel con los oscar de Hollywood. En esas condiciones, como comprenderán, es imposible vender un puñetero libro. Perdonen que me ponga de ejemplo, pero a mí me han llegado a pedir la foto del libro, o su descripción completa, porque sino le resultaba a la vendedora imposible saber el nombre de la última de un tal Vargas Llosa. Ante mi reacción de sorpresa, la ofendida vendedora se vino arriba, y me miró con un gesto entre despectivo y de asco. Solo le faltó llamarme antiguo o tonto del culo. (Que nadie se ofenda, por favor. Hablo aquí de vendedora, pero exactamente igual hubiera ocurrido si me hubiese atendido el compañero de la citada señorita, que miraba la escena, absorto, desde detrás del pequeño mostrador).

¿Tan elevado es el sueldo de un buen librero, que ni siquiera las mejores librerías pueden darse el lujo de tenerlos? ¿No ha llegado el momento de que en alguna institución respetable y respetada se enseñe el oficio a las gentes jóvenes, para que cuando sean requeridos por los clientes sean capaces de orientarnos debidamente?

Comprendo que debe ser más barato, y menos lioso, remitir a la tienda online, donde nos aclaran en unas pocas líneas, de qué va la obra, y una ligera biografía de su autor. Y siempre nos quedará alguna librería de viejo, ahora ya también internet, y las redes sociales, para profundizar más en autores, obras, movimientos, corrientes, tendencias, modas y demás.

Me dice un caballero de esos de tengo muy poco tiempo y siempre debo ir al grano (si me descuido va a ser uno de esos emprendedores que descubren la pólvora cada mañana antes de desayunar) que nos dejemos de zarandajas, que el diálogo, la conversación, el intercambio de ideas y opiniones siempre estuvo muy sobrevalorado. ¿Quién no ha sufrido en sus carnes al comprador pesado, ese que haciéndose el simpático, nos tiene media hora enredados con sus frustraciones y fobias, para, si te descuidas, al final no comprar nada? ¿Cuánto cuesta el minuto de charla inocua y estéril? Eso es cosa de los antiguos, unos tipos extraños que leían libros en papel, con un lápiz en su mano, y subrayaban y tomaban notas al margen, y de vez en cuanto se detenían para meditar sobre algo de lo leído. Los libros en papel, además, huelen, algunos hasta bien, y pesan, y abultan, y ocupan mucho sitio.

Se van muriendo los libreros, y con ellos las librerías, y con los dos anteriores los libros. ¡Qué le vamos a hacer! Son los tiempos modernos. Si quiere fastidiar a sus herederos, me dice un amigo con retranca, déjelos en herencia su biblioteca. Una pasta creo que cobran los vaciadores de casas por llevarse los libros, que pesan una barbaridad. Por si acaso, pregunté a una ONG si les interesarían, llegado el momento, mis libros, y me respondieron que sí, siempre que el porte hasta sus oficinas corriera de mi cuenta. Así que aquí sigo con ellos, mientras medito a quién le hago la faena de donárselos. (En cualquier caso, siempre podrá rechazar la herencia, y que el Estado se haga cargo del asunto, porte incluido).

Un saludo cordial a todos los libreros que todavía quedan por este mundo nuestro. Deberían gozar de especial protección, y hasta de la exención de pagar impuestos. Son una especie en altísimo peligro de extinción. Lo mismo algún día salen en el canal de televisión de National Geographic. “El último librero” se titulará la historia, o a lo peor ni eso, que total, a quién le importa un librero, o un libro, o una librería.

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