PERSONAS INTELIGENTES

Debo reconocer que esta mañana me he llevado un alegrón, de esos importantes, de los que ya te suben la moral para todo el día. Leo los rasgos de las personas más inteligentes, y resulta que, con algún pequeño matiz, los tengo todos. ¡Cómo me he acordado de mis abuelas, que tantas veces repetían, a todo el que quisiera escuchar, aquello de qué guapo y qué inteligente es mi niño! Y eso que mis abuelas no tenían ninguna titulación académica de esas de echarte a temblar, de las de universidad extranjera de nombre largo y complicado.

Pero vayamos por partes. Al parecer, y tras sesudos y prolongados estudios, ocho son los rasgos que nos distinguen (permitan mis queridos lectores este rasgo de auto adulación e inmodestia por mi parte) a los más inteligentes (de todo corazón deseo que al leer los mismos, usted, señora o caballero, se sienta igualmente poseedor de ellos, pues de esa manera compartiremos más cosas en común.

Primer rasgo. Los más inteligentes son vagos. Realizan poca actividad física. A esta conclusión llegan en la Universidad de la Costa del Golfo de la Florida. Yo me veo en la obligación de discrepar con ellos, con todo el respeto: no encuentro la relación entre realizar poca actividad física y ser vago. ¿Tiene algo que ver una cosa con la otra? ¿Será un error del traductor? En fin, habrá que indagar más en este primer rasgo. Por cierto, otra cuestión: supongo que los carteles que contengan el nombre de esta universidad deberán tener un tamaño natural. Lo digo por la longitud del nombre. ¡Qué barbaridad! ¡No te cuento los memorandos y los folios en los que haya que introducir ese kilométrico nombre! En fin, que el de los nombres sería otro debate, que algún día abordaremos con la debida seriedad y espacio.

Segundo rasgo. Los más inteligentes tienen lo escritorios desordenados. Esto desconozco si es un rasgo verdadero, o una simple excusa de los vagos del rasgo uno, para que sea otro (u otra) el que les ordene el escritorio. Debo reconocer que, cuando entra tu madre en tu cuarto y pone el grito en el cielo por el estado del mismo, queda de lo más chic decir aquello de “mamá, es que soy muy inteligente”. Nada que ver con decir “mamá, es que soy un vago”, o “mamá, es que soy un guarro”. Hemos de reconocer que en este punto la ciencia nos ha echado una mano a los inteligentes, incluso a los que no cumplimos este rasgo y tenemos los lápices perfectamente alineados, con sus puntas perfectamente sacadas, y los bolígrafos en perfecto estado de revista, y los apuntes perfectamente encuadernados y etiquetados, con sus notas al margen perfectamente escritas en letra legible, y la estantería de los libros perfectamente separada por géneros y autores, y los libros debidamente numerados, al punto de que tu madre estaría orgullosa de invitar a sus amigas a tomar el té en tu cuarto, para decir aquello de “mirad cómo tiene su cuarto mi niño, que es más inteligente que la media, aunque incumple el rasgo dos de los más inteligentes. ¡Ah, ¿que no conocéis los rasgos?, pues dadme vuestra dirección de correo electrónico que mi niño os los manda, no os lo vais a creer”.

Entonces, puede ocurrir que la habitación del niño (o el estado y situación de la misma) se haga viral, y hasta algún museo de internacional renombre tenga a bien exponer la misma a la vista de todos los visitantes, y que el niño cobre royalties por el asunto. ¡Ahí sí, ahí ya empezaríamos todos a convenir en que el niño era más inteligente que la media!

Tercer rasgo. Tener pocos amigos. Esto lo mantiene el National Center for Biotecnology Information, que dice que los individuos más inteligentes se sienten más insatisfechos con su vida si socializan más. Quieren, parece ser, que los dejen en paz, que no se les moleste.

En este punto, sinceramente, no sé qué pensar. Yo creía, hasta este momento, que hacer amigos (y ¡ojo!, digo amigos, no conocidos, ni compañeros de tertulia, ni similares, me estoy refiriendo a esas personas a las que les puedes pedir las llaves de su automóvil y te las dejan sin dudar) era francamente difícil. Puedes tenerlos de niño, cuando las preocupaciones son escasas, o incluso nulas, pero, a medida que creces, amigo, el amigo se va distanciando…y distanciando…y llega un momento en que se distancia del todo. Primero uno, que se fue a la mili, luego otro que le salió un empleo en la otra punta de la ciudad, el tercero encontró novia, y claro, prefiere su compañía a la tuya, y así, en un plis plas, la partida de cartas de todas las tardes en el bar de turno se ha ido al garete para siempre. Llegado a ese punto, siempre es un consuelo saber que eres más inteligente, al menos que tus tres amigos. Como no te queda otra, entonces te refugias en cualquier manía: te compras una mascota, a la que sacas a pasear todas las tardes al parque cercano a tu casa, y haces amistad con los propietarios de otras mascotas a los que también abandonaron sus amigos, y que son todos muy inteligentes, o vuelves a leer libros de filosofía, o incluso te refugias en don Antonio Machado, y evocas, al igual que él, al olmo hendido por el rayo, mientras te metes una kilometrada entre pecho y espalda, eso sí, solo, que eres muy inteligente.

Rasgo cuatro. Hablar solo. Dicen los expertos que hacerlo tiene beneficios cognitivos. Me alegra saberlo. Yo creo que el rasgo cuatro es consecuencia del tres. Si te pasas el día solo ¿con quién vas a hablar? Pues contigo mismo, es de cajón. También puedes hablar con tu mascota (espero que algún día alguna universidad de nombre largo haga un estudio a fondo sobre la función social de la mascota en la sociedad urbana del siglo XXI), lo malo es que hasta la fecha estas no te contestan, como mucho te miran, con mucha atención, eso sí, al punto que, como decía el chiste, parece que te entienden.

Rasgo quinto. Consumir drogas. Dicen los estudios que si tu coeficiente intelectual es superior a 125, tienes más posibilidades de consumir drogas que si tu indice coeficiente intelectual es inferior a 75. (Aclaro, por consumir drogas estamos hablando de sustancias adictivas, como el tabaco o el alcohol). Aquí, por muchas vueltas que le doy, no encuentro la relación entre una cosa y otra, máxime cuando yo había escuchado muchas veces que, por ejemplo el tabaco, es una droga que azota principalmente a las capas más populares de la sociedad. En fin, habrá que profundizar más sobre este punto, aunque, si soy sincero, me confieso ex fumador, por lo que es posible que mi coeficiente se mueva en la parte alta de la tabla. Lo que desconozco es, si al dejar de fumar, se regeneran los pulmones y se te degeneran el intelecto y las neuronas.

Sexto rasgo. Decir palabrotas. Según Language Sciences, y los psicólogos Kristin y Jay, de la Universidad de las Artes de Massachusetts, los que dijeron más palabrotas en un estudio al que sometieron a un grupo de personas, también resultaron ser los que tenían un vocabulario más amplio en otras áreas. Es un alivio saber que cuando dices un palabrota, tu interlocutor lo que piensa es que eres muy inteligente. Eso sí, no entiendo la relación entre vocabulario amplio e inteligencia. Yo mismo he conocido a grandes predicadores, capaces de hablar horas y horas y hasta días y días, y a la vez ser personas que me ofrecían serias dudas sobre su coeficiente intelectual. Permitidme no citar, en este punto, ningún ejemplo, por no herir susceptibilidades.

Séptimo rasgo. Acostarse tarde. Según la Universidad de Lieja (Bélgica), y su investigador del sueño don Phillipe Peigneux, aquellos que nos acostamos tarde somos más inteligentes. Eso dependerá, me dicen, de si al día siguiente hay que madrugar. Si la respuesta es no, bien está. Si la respuesta es sí, entonces no parece muy inteligente acostarse tarde. Si lo haces, al día siguiente vas a tener pero que mucho sueño. Tampoco es de preocupar. Llamaríamos a don Phillipe, a la Universidad de Lieja, y nos daría un remedio.

Octavo rasgo. Don Satoshi Kanazawa, que por el nombre yo diría que es japonés, además de psicólogo evolutivo, y que trabaja en la Escuela de Ciencias Económicas y Políticas de Londres, y que ha escrito un libro titulado The Intelligence Paradox, las personas inteligentes hacemos todo mejor excepto: 1) encontrar pareja. 2) educar a un hijo. 3) hacer amigos.

Me veo en la obligación de discrepar con don Satoshi. En cualquier caso, yo que iba tan contento derribando rasgos, llego a este último y me entra la denominada duda razonable. ¿Dudar será de más inteligentes, o de menos inteligentes? Concluyo que este estudio está incompleto. Madre mía, y me doy cuenta mil quinientas palabras después. Eso no parece ser un rasgo de alguien muy inteligente.

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