LA COLA DEL SUPER Y LA SOLEDAD

Después de muchos, pero muchísimos ratos pasados en la cola de la caja del supermercado, y de haber aguzado al máximo mi profundísimo instinto de observación del comportamiento de mis semejantes ante tal artilugio, llego a este artículo, en el que pretendo explicar la manera más rápida de sortear el inconveniente. Para mi sorpresa, encuentro con que hay decenas, incluso cientos de personas, que llevan años dedicando su tiempo y esfuerzo intelectual a este asunto.

Por un lado, me parece gratificante observar que sesudos personajes de importantes centros de estudio e investigación han considerado este menester de mayor cuantía, y por otro, me consuela saber que han podido vivir de él, lo que demuestra que cualquier idea, por peregrina que en un principio nos pueda parecer, tiene estudiosos y adeptos, y da hasta para escribir libros al respecto.

Comienzo con don Pau Obiols, que es experto en bienestar social y Mindfulness (habrá que profundizar más al respecto de esta disciplina, que así a bote pronto, no me suena, y que creo que da para reflexión individual), opina que esperar una cola nos genera malestar si no se cumplen las expectativas que teníamos (por ejemplo, que esta se moviese hacia su objetivo a toda velocidad). Pues depende, don Pau, como demostraré más adelante.

He tenido la curiosidad de leer algunas conclusiones de esos expertos, y permítanme que a las suyas añada yo las mías, y luego ya ustedes deciden con cual quedarse.

  1. Según Dan Meyer, que es nada menos que matemático, siempre debemos situarnos en una cola detrás del comprador con el carro más lleno. Motivos: este hombre de ciencia ha calculado, cronómetro en mano, que cada comprador pierde cuarenta y ocho segundos (ya sabe, saludos, comentarios varios, forma de pago, rapidez en llenar las bolsas, agilidad para sacar el medio de pago de la cartera, espera que creo que tengo los dos céntimos, ah no, bueno pues déme doce, no tengo diez, bueno pues deme veinte…). Una vez sumado todo esto, don Dan viene a concluir que un carro lleno es más rápido que cuatro compradores con pocos artículos.

    Pues miren ustedes: en esto voy a estar de acuerdo. ¿Quién no ha podido comprobar que la llamada caja rápida, máximo diez artículos, suele ser la más lenta del supermercado?

  2. Don Robert Samuel, que al parecer es profesional de hacer colas, dice que hay que situarse en las filas de la izquierda, mayormente porque al ser la mayoría de los humanos diestros, tienden a ir a las de la derecha.

    Aquí ya tengo que disentir, admirado Robert. ¿A la derecha de qué? Aparte de ser diestro o zurdo, la decisión viene determinada por otros muy variados factores, a saber: dónde está la puerta de salida del establecimiento, si existe garaje, por qué lugar se accede a él una vez pasada la caja, las corrientes de aire (las cajas que están inmediatamente delante de la puerta son las más odiadas por las cajeras, tanto en verano como en invierno, por lo que siempre suelen estar de malhumor, y eso repercute en la eficacia de su trabajo), el aspecto de la cajera (algunas, a primera vista, que es muy buena manera de encarar los asuntos serios, inducen a pensar que son eficaces, mientras a otras, para su desgracia, les ocurre lo contrario).

    Y, por último, y en eso sí le doy la razón a don Robert, no se ponga nunca en la caja en que haya cajero, en lugar de cajera. Esto no es rechazo a uno de los sexos, sino una realidad palmaria, de la que, en caso de tener duda, puede usted salir en cualquiera de los miles de supermercados que existen en el mundo mundial.

  3. Don Daniel Andrews, por su parte, nos insta a que elijamos la cola que contenga más hombres. Conociendo el género masculino, dice que es muy probable que pierdan la paciencia, y se cambien de cola, una vez, dos veces…incluso más, y al final pasen un buen rato perdiendo su precioso tiempo en ese ejercicio de saltimbanqui. Esto es cierto, no solo verificable en la cola del supermercado, sino en la fila del atasco en la carretera. (Aquí les propongo un ejercicio: fíjense en un vehículo de esos que cambian de carril constantemente. Quédese usted en el que le haya correspondido. Ya verán como, varios kilómetros después, siguen a la misma altura. Aquí existe una posibilidad de error, en función de las salidas de la vía que se ofrezcan a derecha o izquierda, y que pueden hacer variar las posiciones. Ya ven que no solo los americanos del norte estudian estas cosas, también los latinos del sur -porque todos los latinos somos del sur- somos capaces de llegar a conclusiones importantes tras rigurosas observaciones).

    También concuerdo con don Daniel en que las personas de edad avanzada tardan más en realizar la operación de salida del supermercado: 1- Descarga el carro o la cesta de la compra encima de la superficie metálica de la caja, a una altura que a determinados viejillos, y sobre todo viejillas, se les hace demasiado elevada. 2- Deposita la compra en la bolsa correspondiente para trasladarla a tu domicilio. 3- Paga, ¿metálico o tarjeta? ¿Quiere puntos para la colección de cuchillos japoneses que regalamos con diez mil puntos y cincuenta euros? ¿Tiene tarjeta de fidelidad? ¿Quiere bolsa, sí pues sí, sí, reciclable o de un solo uso? ¡Ahh, que era para enviar el pedido a su domicilio, eso es por la caja tres únicamente! Entonces la cajera (o el cajero, Dios nos libre) levantará el teléfono, y le comunicará a la encargada que tiene un pedido. La encargada estará en el lugar más alejado del super, a medio colocar un estante de fiambre, que si abandona se vendrá abajo. Entonces esta avisa a Pepi, de pescadería, que a ver si puede venir a echarle una mano. Pepi dirá sí sí claro. La encargada saldrá corriendo hacia la caja, por el camino tropezará con un cartón de leche que se ha ido al suelo, y por poco no se ha metido un viaje importante, pero se ha rozado el codo con una de las estanterías metálicas, y se ha hecho sangre. Una clienta que pasaba por allí, y que dice ser enfermera, se dispone a curar el rasponazo, que se puede infectar. Marchan al boltiquín del supermercado, que tiene caducado el betadine. Pepi, deja el fiambre, y alcanza un bote nuevo de betadine. Por fin remendada, pero eso sí, advierte la enfermera, debe ir al ambulatorio a ponerse la vacuna antitetánica. Mientras, en la cola, los hombres han desaparecido, corriendo de una caja a otra a ver si logran salir del supermercado. Su mujer ya les ha llamado seis veces, dónde estás, qué pasa con la merienda del niño, vas a venir o qué, desde luego no se te puede mandar a nada…al fin, la encargada llega a la caja. Activa la clave de pedido. Se persona el empleado de pedidos, que dice que los pedidos son por la caja tres, ¡hala encargada, ¿qué te ha pasado?! Son cuarenta y siete euros con siete céntimos. Entonces la señora compradora se pone a buscar el monedero en el bolso, por fin lo encuentra, lo abre, y desparrama sobre la caja una tonelada de monedas de todo tipo, tamaños y colores. Espera, le dice a la cajera, que te doy los siete euros y los siete céntimos. Vaya, no tengo de dos. Bueno pues te doy diez, ¡uhh! qué fea está esta moneda, espera a ver si va a ser una de esas que dicen que son de no se qué otro país y que nos la cuelan, pues a mí me la han dado en el banco, o sea que allí que voy mañana porque ya está bien. ¡Anda – dice en ese momento la dama llevándose la mano derecha a la boca abierta-. Se me han olvidado los yogures de ciruelas pasas, que necesita mi marido para el tránsito intestinal! La encargada, a punto del infarto, sudando lo que no está en los escritos, sale corriendo hacia el estante de los yogures. Aterrorizada, confirma que los de ciruelas pasas se han terminado. Vuelve volando a la caja, lo siento señora, se han terminado. Vaya, qué faena, desde luego, ahora tengo que ir al supermercado de enfrente. Bueno, pues deje aquí el pedido un momentito, mientras voy y vuelvo. La encargada ya ha roto la ventanilla del desfibrilador, la cajera llora desconsolada, la esposa del señor que no llegaba se ha acercado al supermercado, con el niño en brazos llorando y gritando que quiere merendar, a Pepi la pescadera le ha entrado una depresión, y le está contando la situación a un lenguado, que la mira pero no se inmuta.

    Por fin termina la señora clienta. En ese justo momento, la señorita cajera (o señorito cajero) mira su reloj, y dice: pónganse por orden en la caja de al lado, que yo cierro. De lo que ocurrió en los momentos siguientes a aquellas palabras, los remito a las noticias de sucesos de esos programas televisivos de la tarde que hacen crujir las carnes al más estoico de los ciudadanos.

    Por último, y después de esta pequeña disgresión (si bien real como la vida misma, y el que no la haya sufrido que levante la mano), dice don David que en la fila que veamos un grupo no nos pongamos nunca, pues como están entretenidos charlando, seguro van a tardar más. (Aquí también me ha llamado siempre la atención la facilidad que tienen algunas personas para formar un grupo de la nada, y poner a trabajar a la sin hueso hablando de lo que sea y con quien sea).

    También recuerdo a aquel caballero, jubilado él, que hacía los recados de uno en uno, por pasar la mañana entretenido, y siempre se ponía en la cola más larga, y formaba grupo hasta con las columnas del establecimiento.

    Otro caballero, más atento aún, miraba cuánto rollo de papel de tique le quedaba a la caja, y tenía toda la habilidad del mundo para llegar a la misma justo en el momento en que este se acababa, y la cajera (o el cajero) debían proceder a su cambio. Como él había sido técnico mecánico de una gran empresa, se ofrecía a ayudar, y así se demoraba un ratito más. Me dijo que, algún día, había llegado a cambiar media docena de rollos.

  4. El caso es que don Richard Larson, al que se le atribuye el mérito de ser el mayor especialista del mundo en colas, mantiene que los americanos (no sé si esto será aplicable a otras zonas geográficas del planeta), pasan dos años de su vida haciendo cola. Bien pensado, y viendo que según los expertos de la soledad, esta es mala malísima y cada día nos acecha a más personas, quizás debieran los servicios de salud hacer obligatoria la permanencia diaria en una cola de algo…un supermercado, la taquilla del cine, la cola del autobús…yo qué sé, por combatir los males asociados a esa lacra de nuestros días.

  5. Y ya por último, iba a manifestar mi acuerdo con que la denominada fila única, es un buen invento, pues democratiza la espera, la hace más liviana por igualitaria, y hasta parece que corre más (aunque lo sienta por las cajeras -o cajeros- que tienen que aguantar el ritmo que les marca esa voz que, inasequible al desaliento, va soltando números de caja por su boquita de piñón sin inmutarse ni atragantarse ni confundirse jamás), pero visto lo dicho en el punto cuatro sobre soledades y ausencias, hago un llamamiento a las autoridades para que prohíban con carácter inmediato ese invento (también americano, por cierto) y volvamos a aquellas colas de los sábados por la tarde, que salían de todas y cada una de las cajas y llegaban hasta el pasillo central, impidiendo el paso de carros y personas, poniendo de los nervios a grandes y pequeños, comprando lo primero que tuviéramos a mano, no lo que necesitásemos ni lo que hubiéramos apuntado -los más precavidos- en la lista de la compra. ¡Qué tiempos aquellos! Ya lo escribió Lope: a las soledades vengo, de las soledades voy. ¿Se referiría al supermercado? Entiendo que no, que en el Siglo de Oro no se habían descubierto aún los supermercados, al menos en España.

El caso es que gracias a las colas, los índices de soledad de España no son los peores. Ahora nos enteramos que la soledad disminuye la esperanza de vida, y que vivir solo es un factor de riesgo para el desarrollo de la demencia.

Parece ser que el sentimiento de aislamiento social incrementa el riesgo de mortalidad un 29%, la soledad lo hace en un 26%, vivir sin compañía, un 32%. Volviendo a España, la Sociedad Española de Psicogeriatría indica que la soledad maligna afecta a un 10% de los mayores de 65 años.

Todavía más problemas: la soledad provoca depresión, ansiedad, agresividad y respuestas impulsivas.

En este sentido, nos debe quedar claro que no es lo mismo la amistad que los contactos, ahora que tan en boga están las redes sociales. Entre otras cosas, porque según nos dice la psicóloga doña Jara Pérez, el ser humano necesita contacto físico. Para distinguir la una de la otra, hemos de fijarnos en dos parámetros: uno, el nivel de intimidad (nivel de compromiso y confianza) de la relación, y partiendo de ahí, el tiempo que le dedicamos a la misma.

Según un estudio de la Universidad de Indiana, el ser humano puede mantener, como máximo, ciento cincuenta o doscientas relaciones estables. En esto coincide con el antrópologo y psicólogo don Rubin Dunbar, que cifraba en un máximo de ciento cincuenta los contactos, y de ellos, cercanos, cercanos, únicamente cinco.

Esa es la clave. Esos cinco serían los amigos de verdad, esos que te aceptan con tus defectos y virtudes, y que son capaces de decirte la verdad, aunque escueza y duela. Lo corrobora la revista British Psychological Society: las personas inteligentes prefieren rodearse de menos amigos. Y atentos, que dice de menos, no de ninguno, que esto es harto frecuente.

Ahora ya voy entendiendo más a ese caballero que compraba los artículos de uno en uno, visitando el supermercado cinco, seis…veces cada día, y a ese otro que se aprestaba a cambiar los rollos de los tiques de las cajas. Hay mucha gente que necesita una cola larga, y prolongada, y se vuelven locos porque la señorita del pasillo de salida les dé el alto y les haga unas preguntas sobre sus hábitos de lo que sea.

Al final va a resultar que las colas realizan una gran labor social. Pero que no se enteren los expertos en la materia, que rápido llegan a la conclusión de que se debe eliminar a la mitad de las cajeras de los supermercados, eso sí, en beneficio de la salud colectiva. Los estudios al respecto lo corroboran.

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