LOS CUENTOS DEL PRÍNCIPE PÓLIMO. LA RENUNCIA DE LA SEÑORA MUERTE

Faltaban dos horas para que las tinieblas se ocultasen, dejando paso a un nuevo amanecer. Como cada noche, la Señora Muerte, acompañada de los Caballeros de las Tinieblas, volvía de hacer su trabajo. Nada que reprochar a su tributo. Cientos, miles de almas habían abandonado a sus moradores, y los cuerpos, solos y abandonados, no habían dudado ni por un instante en entregarse, mansamente, a las garras de los Caballeros, que ahora los conducían hacia su destino eterno.

A la vez, tomaba el relevo el Ejército de las Capas Negras, que eran los únicos capaces de seguir cumpliendo las instrucciones de la Señora Muerte, cuando ya la Dama Alborada había hecho acto de presencia por oriente, seguida muy de cerca por el Astro Sol.

Sin embargo, algo iba a ser distinto aquella mañana. La Señora Muerte se mostraba particularmente compungida. Desde su estancia, observaba la llegada de las almas arrebatadas la última noche, a la vez que era consciente del dolor y del desconsuelo que había dejado entre sus seres queridos en el mundo terrenal. Por primera vez en su ya dilatada trayectoria, la contemplación de aquellas escenas le empezaban a pesar en el ánimo, hasta llegar a parecer, en algunos casos, realmente insoportables. Cuando hubo terminado la procesión de aquel día, y una vez Fulcaer había acomodado en su lugar correspondiente a los recién llegados, la Señora Muerte se dirigió a este último, en los siguientes términos:

-Señor Fulcaer, después de tantas noches y de tantos días organizando la ceremonia de la muerte terrenal, y la llegada de las almas, unas al paraíso, otras al infierno, para ya vivir el resto de la eternidad, debo decir que me encuentro muy cansada, desanimada en muchas ocasiones, casi derrotada algunas veces. Me atrevo a pedir ser relevada de mi puesto, y pasar a descansar el resto de la eternidad sin más sobresaltos.

-Pero eso no es posible, Señora Muerte. Debo recordar en este punto que cuando usted aceptó el puesto, fue por el jamás de los jamases. En este punto, le debo recordar que fue usted la que solicitó que pusiéramos fin a sus padecimientos, que ciertamente eran muchos e insufribles algunos de ellos.

-Cierto es lo que cuenta, Señor Fulcaer. Sin embargo, creo que ya he cumplido de manera sobrada con el compromiso que asumí.

-Nunca es suficiente, querida Señora Muerte. Debe pensar en los padecimientos, similares, o incluso peores, a los suyos que siguen afectando a tantos vivos, y que sienten verdadero alivio cuando los Caballeros de las Tinieblas, o el Ejército de las Capas Negras, reclaman su presencia en esta cueva, remanso de gloria unas veces, de dolor otras, de paz todas, pues aquí todos conocemos con certeza nuestro futuro. Por ellos mismos muchas veces, y por sus seres queridos, pues usted mejor que nadie conoce que las consecuencias de los males personales alcanzan de manera implacable, y casi siempre inmerecida, a los que rodean a los damnificados. Sabe usted, Señora mía, que algunos hubo, en tiempos pretéritos, que pactaron su eterna juventud, y su permanencia para siempre en el mundo de los vivos. Pasado un tiempo, ellos mimos advirtieron su terrible error, y estuvieron dispuestos a cualquier pacto, por dantesco que fuese, para dar por finiquitado el acuerdo. Ni el más terrible de los sufrimientos es equiparable, aseguran, a la permanencia por siempre en el mundo de los vivos. A raíz de aquello, parece ser que lo más aconsejable es que el ciclo natural de la vida no se altere: esto es, el antes nacido debe ser el antes llamado. Eso parece soportable. Alterar ese curso, sabemos que causa alteraciones gravísimas, en algunos casos insuperables. Sin embargo, escapa a nuestro alcance y a nuestro entendimiento, comprender los motivos por los que, en tantas ocasiones, este orden natural se altera, y recibimos la instrucción de traer a nuestra presencia a los más jóvenes, dejando en el mundo terrenal a los más viejos. Quizás por ahí debiéramos llevar nuestra lucha, querida Señora Muerte.

-También alegro, en algunas ocasiones, a los enemigos de los llamados.

-Gente inculta y miserable, pues nadie escapa al canto de la eternidad, más tarde o más temprano, unos habiendo sido advertidos previamente por medio de la ancianidad o la enfermedad, otros de forma repentina e inesperada, rebosantes de salud y energía. Algún día discutiremos, querida Señora Muerte, acerca de este asunto, pues no he podido llegar a ninguna conclusión acerca de qué forma será la mejor para producir el menor sufrimiento entre aquellos que ven partir al llamado de usted.

La Señora Muerte, agotada y triste, se levantó en ese momento. Cogió su guadaña, y con paso lento y titubeante, se dirigió al fondo de su estancia, donde esperaría a la siguiente noche oscura, para volver a salir a cobrar su tributo.

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