MIS LECTURAS ATRASADAS. Los libros arden mal. Manuel Rivas

Vino al mundo Manuel Rivas un 24 de octubre, allá por el año 1957. Y lo vino a hacer en La Coruña (o A Coruña, como ustedes prefieran, si bien, por situarnos en el tiempo y el espacio de la obra que nos ocupa, yo me quedo con el La delante).

Es importante significar la fecha, si queremos entender la novela. Estaba todavía España, en aquellos años, ofuscada, triste, oscura, silenciosa, acobardada, por los mismos salvajes que quemaron las bibliotecas coruñesas el 14 de Agosto de 1936. Y no solo las coruñesas, sino las de todas las que fueron apareciendo por cualquier otra ciudad o pueblo de la Patria. Toda España olía a chamusquina. Afortunadamente, los libros arden mal, y poco a poco fueron sofocando sus propias llamas, y recuperando a sus lectores. Por fortuna, llegó el día en que las bibliotecas se reabrieron, y los libros sobrevivientes volvieron a llenar las estanterías. Quizás en todas las puertas de todas las bibliotecas debieran poner, a disposición de los lectores, un frasquito de olor a chamusquina, para aliviar espíritus y refrescar memorias, y poner en alerta a los nuevos lectores, que piensan que todo el monte es orégano, y que las piras son un invento de los mayores para meterlos el miedo en el cuerpo, y que este país que nos ocupa (y a veces hasta nos preocupa) siempre ha nadado en la abundancia, ausentes el frío y el hambre y el miedo, y las hogueras y los fuegos, y los autos de fé y el asesinato de las ideas y de las conciencias.

Sabe manejar el lenguaje Manuel Rivas con maestría incontenible. A medida que avanzas por las páginas del libro, notas que la velocidad se acelera, hasta llegar a un punto en que la vista no es capaz de seguir la vertiginosa velocidad de las palabras. Te quedas atrás, te falta el resuello, la lectura se te escapa, tienes que sujetar el libro fuerte entre tus manos para que las historias no se marchen antes de llegar a ellas, y te quedes sin conocer el desenlace. Seiscientas diez páginas que son capaces de ser leídas de un tirón. Ahí es nada, eso si que tiene su mérito. Hay novelas que son una cuesta arriba. Otras, transcurren en el llano, a velocidad casi fija. Las auténticas, son una cuesta abajo continua, aceleración permanente, velocidad en aumento cada nueva página, adrenalina disparada, furia incontrolada, pasión incontenida.

Nada más, queridos lectores. Pónganse con ella, de manera urgente.

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