LOS CUADERNOS DE ESPIRALES

Por muchos años que pasen, podemos observar que hay situaciones que no cambian, que permanecen invariables, inmutables y hasta casi, podíamos decir, eternas. Una de ellas es, llegado el mes de septiembre, toda la parafernalia de las librerías y los centros comerciales en torno a los libros de texto y el material escolar.

¡Qué negocio en torno a la obligatoriedad de acudir a la escuela! Algunos optimistas hablan de la enseñanza obligatoria, como si se pudiera obligar a alguien a aprender algo -ni aún con aquello, ya tan antiguo, de que la letra con sangre entra-. Ya lo decía aquel niño de extrarradio, en un soberbio reportaje de televisión, cuando en la televisión se hacían reportajes, y se cumplía una misión de servicio a la sociedad: es que mi señorita no me aprende. No entendía el mozo que el que tenía que aprender era él, y claro, así andamos, con no sé cuantas generaciones perdidas, extraviadas, desorientadas, desperdiciadas, iletradas, incapaces de subirse al carro de una sociedad que camina por los derroteros que lo hace, capaz de dejar varados en una orilla a todos aquellos que no pueden, no saben o no quieren seguir su pulso.

Perdonen el desvarío, cosas mías. ¡Qué lujazo ver ese gran almacén, ese hipermercado, con pasillos varios y estantes cuantos dedicados al material escolar. Bolígrafos, gomas (de borrar y elásticas), sacapuntas, mapas, rotuladores, lápices, pinturas, plastilina, ceras…y así miles y miles de artículos deliciosos. Dan ganas de abrir todos los envases, y ponerse a escribir en todos y cada uno de los miles de cuadernos que se alojan en la estantería de enfrente: los hay de todos los tipos, colores, tamaños y medidas. De hojas blancas o coloreadas, cuadriculadas o lisas, con líneas horizontales o verticales, incluso me han regalado, publicidad de un banco por cierto, unos cuadernos que tienen las líneas torcidas, como invitando, creo yo, a no seguirlas.
Nada hay más indicativo del pulso de una sociedad, y de su realidad cotidiana, como los estantes de sus comercios. En el caso del material escolar, hay tal profusión, tal despliegue, tal abrumadora cantidad de accesorios, que podemos afirmar que no es que estemos en el primer mundo, es que creo que lo hemos adelantado, y que es el primer mundo el que intenta seguirnos el ritmo, y no al revés.

A lo que yo quería ir hoy, es al asunto de los cuadernos, y más específicamente, a los cuadernos de espirales. ¡Qué horror! ¡Quién inventaría semejante artilugio, enemigo de la escritura, y de las manos y de las muñecas de todos aquellos que pretenden rellenar sus hojas! Ni les va bien a los diestros, ni les va bien a los zurdos. Te pongas como te pongas, tu mano chocará una y otra vez con la maldita espiral, y allí se acabó la escritura inteligible, y allí tu mano comenzará su proceso de torsión, y tu muñeca quedará ya malherida para el resto de tu existencia.

Yo recuerdo, en mis ya lejanos tiempos del bachillerato, que entonces constaba de seis cursos, que los niños pudientes escribían únicamente en una de las caras de las hojas de sus cuadernos de espirales, esto es, la uno, la tres, la cinco…y pasaban de largo por la dos, la cuatro, la seis…Esto era así hasta un determinado punto del cuaderno de espirales; entonces cambiaban las tornas y se dejaban en blanco las impares y se escribía en las pares. Mis hijas, me he dado cuenta muchos años después, se apuntaron a esta corriente, y a su marcha de casa, me han dejado de recuerdo varias decenas de cuadernos de espirales a medio llenar. Y yo, que vengo de ser un niño de los años en que ahí andábamos, queriendo llegar al primer mundo, pero sin lograrlo del todo, con mucha menos profusión de material escolar, sin hiper y escasos centros comerciales, a lo sumo El Corte Inglés y Galerías Preciados, y luego Simago y Sepu, (y más hermanos), y queriendo aprovechar los libros de texto que dejaban los que iban en cursos superiores, algo que, por cierto, no gustaba nada en los colegios, que entonces eran los que vendían los libros a los estudiantes, y claro, decían que no valía un libro ya subrayado, o con las hojas dobladas…y entonces los editores, que tampoco estaban por tanto aprovechamiento, cambiaban el orden de los capítulos, o el color de las tapas, o el enunciado de los problemas, y el tren que salía de Córdoba a las diez de la noche, a cincuenta kilómetros por hora un curso, al siguiente salía de Calatayud, y además iba a sesenta, y ya no llegaba a Barcelona, sino a Santiago de Compostela. Eso también tenía su parte positiva, por que los trayectos se adornaban con alguna foto, y entonces conocíamos las ciudades de España, que era una, grande y libre, aunque con peores vehículos, y carreteras, y trenes (a sesenta el tren de Calatayud, me decía entre risas el panadero, el Sr. Manolo, que era de allí; me lo recordó un día, ya muy viejo, en que su nieta mayor le llevó al pueblo en el AVE), y era más complicado verlas in situ, y no había ni viajes de estudio ni otros aditamentos de país desarrollado de primer mundo que fueron llegando poco a poco.

El caso es que me voy a buscar a algún panegirista de los cuadernos de espirales, y hasta lo encuentro. Esto es lo que viene a decir en su favor: que gozan estos cuadernos de eficiente funcionalidad y bajo coste. De lo primero, ni hablar compañero, y de lo segundo, ¡qué quieren que les diga!, casi cinco euros que me han pedido por uno de hojas de colores, eso sí, me ofrecen un vale descuento para comprar ese bolígrafo de cuatro colores al que se siempre se le acababa el azul rapidísimo, después el negro, más tarde el rojo, y el verde que no se acababa nunca. Siempre tuve la impresión de que dentro de ese boli había grandes peleas, entre los cuatro colores, por ver cual era el elegido por el dueño del mismo para asomar por el agujero de la parte inferior; un tiempo después llegué a la conclusión de que, como el resultado siempre era el mismo, las peleas dejaron de producirse, y cada color se resignó a su suerte.

Parece que la expansión y conquista de las tapas de los cuadernos por las espirales, se produjo definitivamente con la Segunda Revolución Industrial, ese periodo que abarca desde 1870 hasta 1940, ya que se descubrieron primero, y se fabricaron a continuación, las máquinas que fabricaban las espirales, y que eran capaces de perforar el papel y las cubiertas de los cuadernos, con una frecuencia de giro de cuatro agujeros por pulgada. En un principio, las espirales eran de alambre, que luego podías retorcer, y hasta poner de punto, y pinchar en el cogote, de manera hasta dolorosa, al empollón del pupitre de delante, que amenazaba con chivarse, pero que nunca lo hacía porque entonces el pinchazo hubiera sido más fuerte, y habría quedado mal delante de toda la clase, que además de empollón pasaría a llamarle también chivato. Esa era una disyuntiva difícil. ¿Que era peor, ser empollón o chivato? Ser ambas cosas era mortal de necesidad, de necesidad de que tus padres te cambiaran de colegio a fin de curso.

Con el tiempo, el alambre se cambió por el plástico, pero para entonces yo ya no iba al colegio. En fin, que voy a ir gastando los cuadernos de espirales que he heredado, y que están en perfecto estado, a pesar de los años que atesoran. Debe ser verdad eso que dice el panegirista, que la espiral supera en duración y resistencia a otros métodos de encuadernar, como el pegamento, los hilos y las grapas. Pues siendo así, que viva la espiral.

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