PROPAGANDISTAS DEL MIEDO

Propagar el miedo siempre ha sido una tarea a la que se han aplicado con entusiasmo las fuerzas detentadoras del poder. Así ha venido ocurriendo desde los albores de los tiempos, y así parece que va a seguir, quizás hasta el final de nuestros días.

En cada momento histórico, el poder ha echado mano de aquello que más podía aterrorizar a los ciudadanos, con una característica común: el miedo provenía de explotar algún fenómeno, natural o sobrenatural, sobre el que el común de los mortales acumulaba enormes dosis de ignorancia. Y todos aquellos que, aún así, no se plegaban a la exigencia de miedo general, eran (son) severamente castigados.

Ya en tiempos modernos pareció (solo pareció) que aquellas prácticas de oscurantismo tendían a disiparse. Nació la llamada “opinión pública”, y con ella la necesidad de contar las cosas con veracidad, de exponer con claridad los pros y los contras, los argumentos a favor y los argumentos en contra, y a partir de ahí que cada uno de nosotros extrajese las conclusiones que creyera más realistas y pertinentes.

No estuvieron muy de acuerdo en esta solución algunos propagadores de noticias, que fueron rápidamente calificados como “amarillistas”, o “sensacionalistas”, equivalente a exagerados, cuando no faltos a la verdad de principio a fin. Esta tendencia se mantuvo así durante muchos años, al punto de que para hacerle frente surgió la llamada “prensa seria”, que despreciaba a la primera.

Ahora, y no sé hasta dónde tiene que ver el contexto de crisis económica y su consiguiente pérdida de valores, podemos observar con desolación que hasta la llamada “prensa seria” camina por los senderos de esa exageración y ese escándalo tantas veces denostado. El último ejemplo podría ser perfectamente el de los antibióticos, que por lo que leo, están a punto de dejar de ser eficaces, esto es, las bacterias han ganado la batalla (así al menos lo dicen en el titular). Si lo anterior fuese cierto, estaríamos ante el fin del más eficaz remedio contra un sin fin de enfermedades, muchas de ellas hasta entonces mortales de necesidad. Pero ¡cuidado!, queden tranquilos, al menos de momento, que no quiere decir que las epidemias apocalípticas medievales vayan a volver en cualquier momento, por mucho que nos lo hayan querido hacer creer, con el sida, la gripe aviar, el ébola…y alguna otra enfermedad que puede que me deje en el tintero.

Si eso llegase a ocurrir, entonces algún (o algunos), trabajarían a destajo, sacarían un nuevo antibiótico de ultimísima generación, venderían millones de dosis a todos los habitantes (al menos los del primer mundo) del planeta, y volveríamos a salvarnos en el último segundo, como en esas películas en la que el protagonista siempre se salva por la campana.

Esto me recuerda al cuento del lobo. El pobre lobo para unos, al que casi se ha exterminado; el lobo asesino, si a los que escuchamos hablar es a los pastores de esas ovejas a las que ataca el lobo. ¿Quién tiene razón, el lobo o los pastores de ovejas? El veredicto no dependerá de datos científicos, incluso ni de verdades o mentiras, sino de quién sea capaz contar mejor la historia: si los partidarios del lobo o los partidarios de los pastores. Son los problemas de haber dejado atrás la llamada “opinión pública”, para poner en valor la llamada “opinión publicada”, esa a la que tanto gusta el titular escandaloso, el exabrupto, el argumento falaz y la milonga. Y de los que ya no se libra absolutamente nadie, que cada click vale un potosí, y cada ejemplar vendido su peso en oro.

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