LA PUERTA DE ATRÁS

Si quiere usted ofender a alguien, pero de verdad, con una ofensa que dure para toda la vida, invite a alguien a que le visite en su casa u oficina y hágale entrar por la puerta de atrás. Con toda seguridad, se sentirá tan ofendido que declinará la visita, dejando, a lo sumo, una nota reprochando la indignidad y renunciando a su amistad para siempre. !Qué pena da el ser humano, yo el primero!. Decenas de miles de años sobre la tierra, y hemos sido incapaces de evolucionar en todo lo que resulta trascendental, ni un solo y miserable milímetro. Estamos a punto de descubrir un remedio contra el cáncer, y mucho me temo que llegado el día, lo único que nos importe sea introducir al descubridor por la puerta principal, colmarle de premios y honores, entre miles de aplausos, loas, venias, guirnaldas, televisiones con muchas ges, banda de música, reconocimientos enternecedores y bailes regionales.

Mientras tanto, por la puerta de atrás, sin ninguna vigilancia, aprovecharán para entrar embozados sujetos (que vuelva Esquilache), que tendrán tiempo de preparar sus trampas para que el inventor caiga en su trama, que no es otra que la de la oscuridad absoluta. Desconozco el orden, no sé si es que los listos son a la vez oscuros, o los oscuros a la vez listos; el caso es que tienen una habilidad sobrenatural para descubrir las partes oscuras de los no listos. Así, a un hijo de ferroviario le hacen marqués, a un entrenador con el triunfo entre ceja y ceja no le dejan pasar de semifinales, a un auditor mediocre y ya de avanzada edad le encargan revisar las cuentas de la empresa caramelo total, y a un jeque árabe le conceden organizar un mundial de fútbol en el verano del golfo pérsico. ¿Algo de lo anterior hubiera ocurrido si hubiéramos puesto un encargado en la puerta de atrás?. Posiblemente no. Quizás por eso, y para evitar males mayores, han dado orden los embozados de que no se vuelva a construir ningún edificio con puerta trasera, excepto una secreta solo conocida por ellos, por si la luz se pone pesada. En su lugar, se han inventado las escaleras de incendios. Van éstas adosadas a un lateral, y permiten subir a los cielos, descender de nuevo a la tierra o, si el incendio alcanza proporciones pavorosas, saltar al vacío para entrar definitivamente en el infierno. (Ha aparecido una subespecie humana de saltadores sustitutos. El oscuro les da firma y focos, con una condición: si fuese menester, el que saltas eres tú). Otros obligados a saltar son aquellos osados que conocen, por necesidades del servicio, dónde está la puerta de atrás, y llega el día en que quieren pasar por ella sin permiso.

Llego a una conclusión: no sería posible este mundo en el que vivimos, ni el género humano que en él habitamos, sin la existencia del fraude y la trampa, unos mayúsculos, otros insignificantes, pero todos fraudes. Y es que todo comenzó con uno: le prometen a una pareja de jóvenes una vida feliz y placentera para siempre jamás; se instalan en la finca, entre tanta felicidad se confían y osan pasar por la puerta de atrás. Luego, disimulan. El jefe , cabreado, los echa de la finca y corta el grifo de los placeres. Hay que trabajar para vivir. En principio, se resignan, esperando que al jefe se le pase el cabreo, pero pasa el tiempo y nada cambia, visto lo cual, no les queda otra que ponerse a pensar en un engaño para defraudar al jefe y poder volver a la finca a vivir sin dar golpe. Muchos lo han intentado, pero solo unos pocos lo han conseguido. El jefe, que es del grupo de los listos, ha llenado los edificios de vigilantes (policías, jueces, fiscales, inspectores de hacienda…) para que minimizaran en lo posible los daños, pues sabía de primera mano que el ser humano se cree más listo que nadie, incluido él, y ya desde el primer día íbamos a intentar devolverle el engaño.

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